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Guillermo Robles

Recuperación que no entra a la despensa

OPINIÓN

Por Guillermo Robles Ramírez

Recuperación que no entra a la despensa

Veo pasar a la gente con la bolsa del súper a medio llenar. No hay que irse muy lejos. Basta con quedarse unos minutos afuera de una Soriana o un HEB, o junto a una gasolinera de Ramos Arizpe, para entender lo que los números de la tele se empeñan en no decir. Fíjense ustedes: desde hace semanas y no es de ahora, viene de meses atrás, los analistas de siempre salen a decir que México ya se recobró, que la economía va para arriba, que la inflación se comportó y que el país dejó atrás lo peor. Y la cosa es que esa recuperación, la que tanto cacarean, no se siente en la mesa.

La verdad yo he visto este cuento más de una vez. En 2010 lo escribí con otras cifras y el mismo sabor amargo. Dieciséis años después el decorado cambió y el fondo no tanto. Ahora hablan de un crecimiento cercano al uno por ciento en lo que va del año, de una inflación general que en agosto se fue a 3.26 por ciento y de un desempleo que se mantiene bajito. Hasta la presidenta pasó por Coahuila a principios de este mes, cerrando su gira, a hablar de programas, de becas y de que el modelo ya no viene de recetas extranjeras. Todo eso puede ser cierto en el papel. El problema es a quién le llega.

Porque cuando esos investigadores financieros hablan con tanto optimismo, saben a qué me refiero, casi siempre se están refiriendo a los grandes capitales. A las empresas que perdieron mercado cuando el consumo se encogió y ahora vuelven a facturar. A la industria que en Coahuila tiene peso de verdad, aunque este año la manufactura del estado también se ha sentido irregular, con caídas que no salen en los cortes alegres. Para los de abajo, la clase media que se aprieta y la que vive al día, eso todavía no aparece en el recibo de la luz ni en el ticket de la carnicería.

¡Ande… no! En Saltillo, en Torreón, en Monclova, en Piedras Negras, el costo de la vida no pide permiso. La canasta se encarece, aunque el índice general se vea “controlado”. El huevo en Coahuila ha andado por las nubes; hay quien lo ha pagado cerca de ochenta pesos el kilo. La carne, el gas, el transporte urbano, la luz. Un día es la cebolla, otro el chile, otro el pasaje. Imagínense nomás lo que eso hace en una casa donde el ingreso no se mueve al mismo ritmo. Dicen que para vivir con lo básico en el estado se necesitan alrededor de veintiún mil novecientos pesos al mes. El salario mínimo general quedó en trescientos quince pesos diarios; en la franja fronteriza sube más. Suena bien dicho así. Luego uno ve a una familia de cuatro y se da cuenta de que el número no cierra.

Al alza hay que sumarle lo que pasa con la escuela. En las clases medias muchos padres, ante el encarecimiento de todo, han sacado a los hijos de particulares. Primaria, secundaria, hasta la universidad. Los pasan a la oficial porque ya no alcanza. No es ideología. Es la colegiatura, el uniforme, el transporte y la lonchera peleándose con la despensa. Para las familias de economía más justa la historia es otra: jóvenes que iban en prepa o en la facultad ahora andan buscando chamba en maquilas y comercios, y no siempre la hallan como la pintan. Se les ve, lamentablemente, ofreciendo lo que la mamá o la hermana cocinaron en casa. Pays, mermeladas, vasos de fruta con yogur, galletas. Quien dude no tiene que hacer un estudio. Quédese un rato en la salida de un supermercado de la Zaragoza o frente a un Walmart de Torreón. Ahí están. Y del otro lado, mujeres de buen vestir, al menos por la apariencia, tocando puertas en colonias de regular y alto nivel para pedir quehaceres domésticos.

¿Y saben qué? Eso no es un dato de 2010 guardado en un cajón. Es septiembre de 2026. Coahuila sigue siendo de los estados con menos pobreza extrema, hablan de unas veinticinco mil personas, y eso hay que reconocerlo. También hay empleo, ferias de vacantes, proyectos que prometen contratar. Pero pobreza laboral y mesa vacía no siempre coinciden con el discurso. Un porcentaje nada menor de coahuilenses sigue sin alcanzar la canasta alimentaria con lo que gana. La recuperación, si existe, se queda arriba, en los balances y en las conferencias.

Por eso uno se pregunta, y no es por ganas de amargar el café, a qué nivel se refieren cuando anuncian que México ya guardó la crisis en el arcón. ¿A las armadoras? ¿A la inversión que llega a Ramos? ¿O a la señora que el sábado cuenta las monedas antes de escoger entre pollo y desodorante? Quienes tienen la fortuna de hablar en medios masivos deberían aclararlo. Porque a los de abajo, terqueamos, todavía no les llegan esos buenos tiempos que esperan con una mezcla de ansia y cansancio. Cada semana se medio come. Y eso, en esta tierra que tanto produce, debería bastar para bajarle un poco al optimismo de escritorio y subir a la calle, aunque sea un rato, a ver cómo está de verdad la despensa. (Premio Estatal de Periodismo 2011 y 2013, Presea Trayectoria Antonio Estrada Salazar 2018, finalista en Excelencia Periodística 2018 representando a México, Presea Trayectoria Humberto Gaona Silva 2023) www.intersip.org