Mi Columna
Sonría cene o no Pancho
Por Carlos Robles Nava
Este reciente sábado pasado, a temprana hora y rumbo a mi trabajo en Agencia de Noticias SIP, localizada en el mero centro histórico, llegue de pasada a una farmacia de Venustiano Carranza que tiene como inicio en su nombre una “b” grande o de burro, era como de chamaco la identificábamos los escolapios de ese entonces.
Tenía necesidad de comprar unas gotas para los ojos y aproveche lo temprano de la hora dando por hecho, como así fue que no habría más clientes que su “servilleta”.
Me apersone a la única empleada que visualice y le presente mi receta del oftalmólogo que visite un día antes. Quien me atendió, una vez que me dio el precio de las gotas requeridas, pedí me las surtiera e inicio no solo el proceso, sino el viacrucis.
Por razones que desconozco, la caja para hacer el cobro no registraba éste ni siquiera se abría y tras varios minutos de espera, nos fuimos a otra caja que se encuentra en la entrada de la botica y sucedió lo mismo.
Como la encargada de esa caja se encontraba enseguida haciendo el aseo de un pequeño consultorio médico adjunto, por más gritos que le daba quien pretendió o y no pudo cobrar, fui y le indique a la joven cajera y afanadora que le llamaba su compañera, quien algo le indico respecto a que no podía cobrarme, lo que ésta me dejó en manos del reemplazo.
Y como dice mi mujer, el canasto estuvo igual que el “garrero” porque por más que manipuló la caja, tampoco ésta quiso funcionar para hacer el pago.
Por cierto, ninguna de las dos empleadas saludo a su cliente o sea a mí y tampoco se disculpaban por la demora, que a final de cuentas le pedí a esta última trabajadora farmacéutica cancelara la compra de las famosas gotas, pues transcurría el tiempo y era ya muchos minutos perdidos.
Sin mediar palabra, regreso el dinero y la receta y así callada y seria me di por enterado que la compra quedaba cancelada.
Al llegar a la oficina y siguiendo mi costumbre, inicie mis actividades leyendo los periódicos del día y casualmente me llamo la atención un artículo firmado por Patricia E. Garza Vásquez, con el título: “Por qué los negocios descuidan el servicio al cliente ?, escrito del que me tome la libertad de escoger algunos párrafos, pues justo es lo que nos sucede a los trabajadores mexicanos.
Señala la columnista Garza Vásquez, que las empresas invierten en publicidad, mercadotécnica, innovaciones formatos para atraer clientela, olvidando lo más importante que son sus clientes.
La desatención de empleadas o empleados a los clientes, revela si éstos están satisfechos y contentos en su trabajo y la realidad que es que en todo se gasta en la mayoría de los negocios, menos en capacitar y entrenar a los empleados para recibir con agrado y un rostro fresco y sonriente al cliente que es factor más importante de cualquier producto comercial.
Se olvidan que uno de los aspectos más importantes es tratar al cliente con amabilidad, olvidando el versículo de Mateo 7:12 de: Trata los demás como te gustaría ser tratado”, anota Patricia E. Garza Vásquez, como toda una realidad.
Justo es mi coincidencia al respecto, pues no hay nada tan valioso como una sonrisa a flor de boca, con el agregado de que siempre hay que presentar una buena cara, “cene o no Pancho”. (www.intersip.org)


