Mi Columna
Claro, ya hubo muertos
Por Carlos Robles Nava
Uno de los principales atractivos turísticos que tiene La Laguna en general, pero particularmente del Estado de Durango, es el dos veces centenario y orgullo de los habitantes de Mapimí, me refiero al Puente Colgante de Ojuela, declarado oficialmente por la UNESCO, patrimonio de la humanidad.
Y vaya que es un orgullo para la humanidad, pues se trata de un puente “atirantado” con casi 320 metros de longitud, construido y puesto en servicio en l892, siendo su tipo único en Latino América.
Soy lagunero coahuilense de meritito Torreón, por lo que tuve oportunidad en mis 40 años de residencia permanente en la ciudad más polvorosa del país, de visitar dos que tres ocasiones esta maravilla de la arquitectura no de hace dos siglos pasados, sino en la actualidad lo sigue siendo.
Atravesar de lado a lado, es decir, los 320 metros ida y vuelta de este famoso puente colgante, no solo es un reto sino una osadía, pues tan solo hay que sentir los chiflones del fuerte viento que se produce las 24 horas y más cuando se ve la profundidad de la cañada que llega a 110 metros.
Honestamente vale la pena conocer esta maravilla bicentenaria, que es comparada con el puente de San Francisco, California, con la única diferencia de que aquel el del vecino país se construyó con fuertes y macizas vigas de acero remachadas y con una avanzada tecnología, mientras que el puente colgante de Ojuela, se realizó con madera y sogas, utilizándose solo cables para afianzarlo y quedar colgado.
Jamás logre saber cómo fue su construcción, sobre todo para ir sosteniendo cada travesaño de madera que forman sus 320 metros de largo y dos metros de ancho.
Las emociones son desde que se entra al camino de acceso al puente que conecta a una antigua mina ya fuera de explotación, pues si el temple y nervios lo permiten, hay que enfrentar y dominar el miedo desde que inicia su conducción en un angosto camino arrejuntado o pegado al cerro del lugar y en donde si cabe un vehículo y peor si es autobús, no entra una bicicleta en el mismo sentido y menos de manera contraria.
Jamás he sabido como hacen cuando llegan a encontrarse dos vehículos de frente, es probable que desde cada punto de entrada y llegada se avisan a golpe de grito de pecho.
Desgraciadamente, el último sábado de febrero pasado, hubo un fatal accidente en el que murieron 10 personas, de entre ellas 4 pequeños y varios heridos del total de pasajeros que habían ido de excursión.
Se trataba de un grupo de 31 miembros de la Iglesia Apostólica de la Fe de Jesucristo, de Torreón, que por cosas del destino o descuido e indiferencia de las autoridades duranguenses de diferentes áreas, tuvieron un funesto final.
Y, como ocurre en este nuestro México, después de ahogado el niño, hay que implementar medidas precautorias para evitar algo parecido o peor en un futuro cercano o lejano y, por lo pronto, la Secretaría de Turismo del Estado de Durango, ha anunciado establecer medidas regulatorias de acceso y control general para el tránsito de unidades con dudosas condiciones mecánicas; mientras por otra parte, la Dirección Estatal de Protección Civil, hará una revisión a las condiciones del camino que conduce a esta maravilla patrimonio de la humanidad que ha llevado en sus 200 años de existencia, dolor y muerte a decenas de familias que dan por hecho pasarán un grato y feliz día de esparcimiento y distracción yendo a conocer una de las obras patrimonio y orgullo de la humanidad.
No es la primera ocasión que las autoridades en turno buscan enmendar su indolencia y querer tapar el pozo después de ahogado el niño. (www.intersip.org)
