OPINIÓN
Por Guillermo Robles Ramírez
El patito feo que sigue nadando solo

Uno se pone a pensar estas cosas cuando ya pasó el invierno y vienen los calores, o cuando un frente frío fuerte nos recuerda que el norte no perdona. La semana pasada, platicando con un conocido que tiene una ferretería chiquita por la calle Constitución en Saltillo, me contaba que le pidieron el “programa de protección civil” para unos trámites y él nomás se rio: “¿Con qué dinero, si apenas me alcanza pa’ la renta y la luz?”. Y uno se queda callado, porque sabe a qué se refiere. No es flojera pura, es que la cosa se siente lejana hasta que truena.
Hace ya más de quince años, después de aquel huracán Alex que nos dejó inundaciones en Acuña, Sabinas, Castaños y varios puntos más, se armó un encuentro de gente que sabe del tema: analistas, algunos directores municipales de protección civil.
Sirvió para mirarse al espejo y aceptar algo que duele, pero es cierto: la protección civil sigue siendo el patito feo de las administraciones, del sector privado y hasta de muchas instituciones que uno pensaría que deberían ir adelante. Se ha avanzado en papel, en leyes nacionales y estatales, en programas que suenan bien.
El año pasado y este se activaron planes de respuesta invernal con refugios en los 38 municipios, se dan recomendaciones por vientos fuertes, se invitan a simulacros. Hay un Programa Nacional de Protección Civil 2026-2030 que habla de fortalecer la cultura y la prevención. Pero cuando uno baja a la calle, a los locales chicos, a las escuelas de barrio o a los municipios más apartados, la realidad sigue siendo terca.
Solo por mencionar nomás en las micro y pequeñas empresas. No hablo de las medianas o grandes que tienen departamento de seguridad industrial y que sí invierten porque les conviene o porque los auditan.
Hablo de la tiendita de la esquina, del taller mecánico de dos empleados en Ramos Arizpe, de la miscelánea en una colonia de Torreón o de la pequeña maquiladora familiar en Piedras Negras. Para el dueño, que ya batalla con el SAT, con la renta y con que le suban los precios de la mercancía, eso de rutas de evacuación, señalamientos luminosos y extintores actualizados suena a gasto que no reditúa de inmediato.
Muchos ni siquiera saben que es obligatorio tener el visto bueno o el programa interno. Y cuando les explican, la cara es de “¿y pa’ qué, si aquí nunca pasa nada?”. La verdad yo he entrado a varios de esos lugares por trabajo o por casualidad y he visto extintores colgados que ya no sirven, salidas tapadas con mercancía o ni siquiera marcadas. No es que no quieran, es que no lo ven como parte del negocio.
Y las direcciones municipales de protección civil… pues la cosa es complicada. No todos los 38 municipios tienen una estructura fuerte. Algunos tienen un director que además carga con bomberos voluntarios o con otras tareas. Faltan inspectores que vayan de verdad, no solo cuando hay queja o cuando pasa algo.
Falta equipo para capacitar, para hacer simulacros reales que no sean solo para la foto. Uno recuerda cómo nos acordamos de los bomberos y de protección civil cuando hay incendio o inundación, y después todo regresa al cajón del olvido presupuestal.
En Saltillo han invertido recientemente en equipo y personal, eso se ve y se agradece, pero en otros municipios más chicos la historia es diferente. El que no tiene recursos propios se queda esperando lo que llegue del estado o de la federación, y mientras tanto la prevención se queda en el discurso.
En las escuelas pasa algo parecido. Hay lineamientos nacionales, comités de protección civil escolar obligatorios, manuales bonitos. La Universidad Autónoma de Coahuila tiene sus protocolos. Pero en la práctica, en muchas primarias o secundarias de colonias o de pueblos, el responsable es una maestra o un administrativo que ya tiene su carga normal de trabajo. Le asignan el escritorio en la esquina, a veces ni escritorio, y se le pide que organice simulacros cuando hay visita o cuando se acerca septiembre.
Los alumnos participan con ganas, pero muchas veces es más desfile que ejercicio real de qué hacer si truena de verdad. He estado en algunos de esos actos por cubrir notas y uno se da cuenta de que la cultura no se mete solo con un papel firmado.
Lo mismo con los cines. En los complejos nuevos de Saltillo o Torreón las cosas están mejor: salidas claras, extintores al día, personal que sabe por dónde sacar a la gente. Pero hay salas más antiguas o en cabeceras municipales más pequeñas donde las rutas de evacuación existen en el plano que les pidieron para la licencia, pero en la realidad están bloqueadas o mal iluminadas. Y el responsable capacitado… a veces es el mismo que vende las palomitas.
Lo más lamentable es que esto no es solo de recursos. Es de cultura. De que la prevención no vende votos ni genera utilidades inmediatas. De que mucha gente sigue pensando que “a mí no me va a pasar” hasta que pasa. Y cuando pasa, todos corremos a culpar al que no tuvo el extinguidor o la salida libre. Pero el problema empezó mucho antes, cuando nadie inspeccionó, cuando nadie capacitó, cuando nadie presupuestó lo elemental.
Yo he visto, a lo largo de estos años caminando en el estado, cómo cambia la cosa según el tamaño. En las grandes empresas de Monclova o en las maquilas de la frontera hay más orden. En los pequeños comercios y en los municipios con menos músculo presupuestal, la historia se repite. No es que no haya voluntad en algunos lados. Hay directores municipales que se la rifan con lo que tienen. Hay dueños de negocios que sí invierten, aunque les duela. Pero el sistema completo sigue cojeando.
Y saben qué es lo más triste: las contingencias no avisan. Un frente frío fuerte, un incendio en un local chico, un problema eléctrico en una escuela… no respetan calendarios ni presupuestos. El Programa Nacional nuevo habla de atlas de riesgos actualizados, pero a nivel país solo una cuarta parte de los municipios los tiene al día. Aquí en Coahuila se trabaja, se actualiza lo que se puede, pero no es parejo.
Al final, las autoridades municipales, estatales y las organizaciones empresariales tienen la palabra. El trabajo no puede seguir esperando al próximo susto. Porque cuando la gente sale corriendo de un lugar y no hay por dónde, o cuando el extinguidor no funciona, ya no sirve de nada el papel firmado ni el discurso bonito.
La cultura de protección civil se construye todos los días, con inspecciones reales, con recursos, aunque duelan, con pláticas que lleguen de verdad a quien tiene la tiendita o la escuela chica. De lo contrario, seguimos con el mismo patito feo que conocemos desde hace años, nadando solo en el estanque mientras el agua se agita. (Premio Estatal de Periodismo 2011 y 2013, Presea Trayectoria Antonio Estrada Salazar 2018, finalista en Excelencia Periodística 2018 representando a México, Presea Trayectoria Humberto Gaona Silva 2023) www.intersip.org



