OPINIÓN
Por Guillermo Robles Ramírez
El lodo que no se ve desde la silla oficial

Pues la cosa es que uno va platicando con la gente del campo y se da cuenta de que el agua nunca llega igual a todos lados. La semana pasada, por la Carbonífera, un viejo ganadero me platicaba contento que las lluvias de junio le habían dado un respiro al pasto después de la sequía que traíamos. El ganado ya se veía más lleno, los ojos más brillantes. Pero a unos kilómetros, en otros rincones del norte, la misma agua se volvió problema: encharcamientos que jodieron algunos potreros, subieron los costos de sanidad porque el gusano barrenador se multiplica con la humedad, y en ciertos ejidos todavía andan lidiando con lo que quedó bajo el lodo.
La realidad del campo coahuilense siempre ha sido así de caprichosa. Lo que salva en un lado, arrasa en otro. Y para enterarse de verdad, no basta con sentarse en una oficina con aire acondicionado viendo reportes que llegan filtrados. Hay que salir. Pisar el terreno. Oler el lodo. Escuchar al ranchero que habla despacio porque ya está cansado de promesas.
Yo he visto esto desde hace décadas. Nací en Torreón, me crie por el norte del estado, y desde que empecé a recorrerlo como reportero he aprendido que la burocracia a veces se olvida de eso. Recuerdo un caso de aquellos años, cuando la secretaría todavía se llamaba SAGARPA. Un delegado federal en Coahuila, Eduardo Villarreal Dávila, declaró a la prensa después de un temporal fuerte que “no tenía reportes de daños en el campo”. Que las lluvias estaban dejando “un gran beneficio”. Dijo eso con toda naturalidad, como si bastara con verlo desde la silla.
La verdad, ni se molestó en salir de su oficina. Ni llamó a sus propios representantes en las zonas agrícolas y ganaderas. Ni platicó con los presidentes municipales de Abasolo, Cuatrociénegas, Nadadores, Acuña, Allende, Piedras Negras, Zaragoza, Lamadrid, Sabinas o San Juan de Sabinas. Ni con los directores de Fomento Agropecuario de esos lugares. Si el presupuesto para llamadas de larga distancia estaba corto, pues que leyera los periódicos o escuchara la radio. Porque en los medios ya se estaba hablando de las pérdidas: cultivos de alpiste, avena, sorgo y hortalizas inundados, miles de cabezas de ganado muertas, ejidos cavando fosas grandes para enterrar los animales y evitar que se propagara alguna enfermedad. Se hablaba de más de cien millones de pesos en daños. Pero desde el escritorio todo se veía color de rosa.
Imagínense nomás. Un funcionario que tiene la responsabilidad de todo el agro en Coahuila y se entera de lo que pasa en el estado por lo que le cuentan en la junta matutina o por lo que sale en las noticias si le da la gana leerlas. Eso no es cumplir con la chamba. Eso es mediocridad disfrazada de eficiencia. Y es deslealtad, primero con quien le consiguió el puesto y, sobre todo, con la gente que vive del campo y que esperaba que alguien, por lo menos, fuera a ver con sus propios ojos qué tan grave estaba la cosa.
En Coahuila el campo no es uniforme. Desde la sierra de Arteaga hasta los llanos de la Laguna, desde la frontera de Acuña y Piedras Negras hasta los ejidos de la parte centro-norte, cada zona tiene su propia manera de recibir el agua. Lo que recarga mantos y ayuda a la siembra en un lugar, puede asfixiar raíces o llevarse la tierra fértil en otro. Yo una vez, hace ya varios años, fui a un ejido por Nadadores después de un temporal parecido. El presidente municipal me llevó en su camioneta vieja hasta donde los ejidatarios estaban cavando. El olor era fuerte. Un señor de sombrero viejo me dijo: “Maestro, aquí el agua se nos vino encima y nadie de la capital ha venido a preguntar cómo estamos”. Me quedé callado. Porque qué le contestas a alguien que ya sabe que su palabra no pesa tanto como un reporte de escritorio.
Hoy la secretaría se llama SADER y el representante en Coahuila es el maestro Alfredo Padilla Esparza. Se le ve activo, ha ido a entregar fertilizantes, ha visitado municipios, ha platicado con alcaldes. Eso está bien. Pero el principio sigue siendo el mismo: mientras haya funcionarios, en cualquier nivel, que prefieran la comodidad de cuatro paredes a salir a constatar lo que de verdad está pasando, vamos a seguir teniendo esa distancia entre lo que se declara y lo que vive la gente. Las lluvias de este año, las de junio y las que siguen cayendo en lo que va del mes, otra vez nos recordaron que el agua es bendición y maldición al mismo tiempo. En algunas partes dio respiro a la ganadería. En otras subió los gastos de los productores por plagas y encharcamientos. En las ciudades provocó inundaciones y hasta tragedias. Cada zona cuenta su propia historia.
Y la pregunta que uno se hace después de tantos años recorriendo estos caminos es simple: ¿para qué sirve un cargo federal de agricultura si no se usa para estar cerca de quien siembra y cría? No se trata de que todos los días estén en el lodo. Se trata de que cuando hay temporal, cuando hay exceso o cuando falta, alguien con responsabilidad se moleste en ir, ver, escuchar y tomar nota con sus propios ojos. Porque los reportes de escritorio siempre llegan tarde y siempre llegan incompletos. El campo no espera. El ganado muerto no espera. El ejidatario que perdió la siembra de este ciclo tampoco.
Al final, la lealtad verdadera no es con el jefe que te puso en el puesto. Es con la gente que te paga el sueldo con sus impuestos y que espera, cuando menos, que quien tiene la chamba de velar por el agro coahuilense sepa de qué color es el lodo después de la lluvia. Porque si no, todo sigue igual: el agua pasa, el daño queda, y desde la oficina alguien sigue diciendo que “no pasa nada”. (Premio Estatal de Periodismo 2011 y 2013, Presea Trayectoria Antonio Estrada Salazar 2018, finalista en Excelencia Periodística 2018 representando a México, Presea Trayectoria Humberto Gaona Silva 2023) www.intersip.org


