OPINIÓN
Por Guillermo Robles Ramírez
La fama que carga el saludo en Saltillo

Uno se ha dado cuenta que en un abrir y cerrar de ojos la ciudad capital coahuilense creció de una manera sorprendente dándole la razón a un buen amigo exgobernador quien puso esos famosos puentes que no solo conectaban la ciudad sino fue la invitación para que vinieran más inversiones.
Una cosa trajo la otra y por ende más gente en las banquetas, más carros, más rostros que uno no reconoce. Y entre todo ese movimiento, sigue pasando lo mismo de siempre: un saludo sencillo puede generar esa miradita de lado, esa duda que se queda flotando.
La semana pasada platicaba con un amigo que vino de Monclova por unos días y me contó cómo le pasó algo parecido en una tienda del rumbo donde vive. Saludó de buenas a primeras, como se hace en cualquier lado, y la persona detrás del mostrador se quedó como esperando que le explicara quién era y por qué le estaba hablando. No fue grosero, pero tampoco devolvió el saludo con esa naturalidad que uno espera. Mi amigo se rio después y me dijo: “Pos ya sé de qué me hablabas cuando me contaste de Saltillo”.
Esa anécdota me trajo de nuevo el recuerdo de lo que pasó en mi casa no hace mucho. Salí a recibir un paquete y ahí estaba mi vecina con una pareja joven que se acababa de mudar al barrio. Ellos, bien educados, me dijeron “buenas tardes, señor” con una sonrisa clara.
Yo, que soy de Torreón y allá uno responde igual sin pensarlo dos veces, les contesté con gusto. La vecina se quedó parada, mirándome raro, y soltó lo de siempre: “¿A poco se conocen, Guillermo?”. Cuando le dije que no, que nunca los había visto, ella soltó: “Ah, pues pensé que sí porque saludaron”. Y sin pensarlo mucho le contesté: “Ya ve vecina, le dije que no eran de Saltillo”. Se rieron los cuatro, pero la cosa quedó ahí, como siempre queda. La pareja confirmó que venían de Monclova y que sí notaban la diferencia.
Y la verdad, aunque incomode, es que esa fama ya la traemos cargando hace años. En la capital de Coahuila se ha hecho costumbre eso de no saludar de buenas a primeras si no te conocen desde niños o desde la primaria. Y no es cosa de un solo nivel. Pasa lo mismo en las colonias de siempre que en las zonas donde la gente tiene más holgura.
Uno lo ha visto en las reuniones del barrio, en las escuelas cuando los papás van a dejar a los hijos, hasta en eventos más formales. El que llega nuevo tiene que ganarse el lugar despacito. No es que lo echen, pero tampoco lo integran fácil. El círculo ya está formado y parece que cuesta trabajo abrirlo, aunque sea un tantito.
Allá en Torreón, donde me crie, la cosa es distinta. La Laguna siempre fue tierra de gente que llegó de muchos rumbos, por el campo, por las fábricas, por lo que sea. Uno saluda y plática con el primero que se encuentra porque nadie se siente dueño absoluto del lugar.
Aquí, en cambio, parece que las amistades de toda la vida tienen más peso. Y eso tiene su lado bueno, porque las relaciones profundas valen la pena. Pero cuando eso se convierte en que un saludo normal genera duda o hasta recelo, la cosa cambia de tono. El que viene de fuera se queda con la sensación de que está molestando o de que no pertenece. Y eso, aunque no sea la intención, se siente como grosería.
Uno se pregunta de dónde viene todo esto. Dicen que tiene que ver con aquello de cuando la capital anduvo de un lado a otro entre Monclova y Saltillo en los primeros años después de la independencia. Que había rivalidad y que eso dejó como una marca de defensa en la gente de aquí.
Otros comentan que Saltillo tiene raíces más antiguas y que las familias se sienten más arraigadas. La verdad nunca le he dedicado mucho tiempo a confirmar esas historias, pero algo de eso debe haber. Porque en otros rumbos del norte, como en Piedras Negras o en Acuña, uno nota que la gente es más abierta, quizás porque el vaivén de la frontera obliga a convivir con foráneos todo el tiempo. Aquí parece que el valor que se le da a lo conocido se vuelve más fuerte.
En un principio en lo personal me sucedió mucho y mis amistades de Torreón, no se lo imaginaban. Uno llega a un lugar nuevo, saluda con educación como le enseñaron en su casa, y la reacción es de sorpresa. “¿A poco se conocen?”. Esa pregunta delata más de lo que parece.
No es que la gente sea mala ni que quiera ofender. Pero da la impresión de que el saludo sencillo es algo que solo se da entre los de siempre. Y visto desde afuera, eso se traduce en que los saltillenses son cerrados, desconfiados o hasta mal educados. Uno ha platicado con gente que ha llegado por el trabajo en las plantas o por otras cosas, y casi todos coinciden en lo mismo: les cuesta trabajo sentirse parte del lugar si no tienen ya un conocido dentro del círculo. No es rechazo abierto, pero tampoco es bienvenida clara.
Y aquí está lo que más me da vuelta estos días. En una ciudad que sigue recibiendo gente nueva por el crecimiento económico, esa costumbre empieza a notarse más. El que llega no pide que lo adopten como familia en dos días. Solo pide que un saludo se devuelva con naturalidad. Cuando eso no pasa, se lleva la impresión de que aquí se valora más el no mezclarse que el ser educado. Y eso, aunque uno no quiera admitirlo, no nos pone en buen lugar ante quien viene de fuera. Uno ha visto casos en los que la gente buena y trabajadora termina yéndose porque “aquí nadie me pela si no me conocen”. Y eso no le hace bien a nadie.
La verdad yo sigo saludando a todo el mundo, aunque a veces la gente se sorprende un poco. No lo hago para cambiar nada de un día para otro, pero sí porque me parece lo correcto. Un “buenas tardes” no le quita nada a nadie. Al contrario, le da al que llega la sensación de que puede estar aquí sin tener que explicar de dónde viene cada vez que abre la boca. Y en estos tiempos, cuando la ciudad ya no es la misma de hace veinte años, quizás valga la pena preguntarnos si esa reserva tan marcada está haciendo más bien o más daño.
Porque al final del día, la impresión que se llevan los foráneos es que el no saludar los engrandece o los hace ver más finos. Pero visto desde afuera, el efecto es el contrario. Da la sensación de ser groseros sin quererlo. Y eso no le suma nada a Saltillo. Una ciudad que presume de su gente y de lo que ha construido no debería dejar que una costumbre así opaque la imagen que proyecta.
Uno no necesita ser amigo de toda la vida del vecino para desearle buen día. Eso es lo básico. Y si eso significa que algunos círculos se abran un poquito más, pues mejor para todos. Porque la grandeza de un lugar no se mide por lo cerrado que sea su grupo, sino por lo bien que se sienta la gente cuando llega nueva y se atreve a saludar. (Premio Estatal de Periodismo 2011 y 2013, Presea Trayectoria Antonio Estrada Salazar 2018, finalista en Excelencia Periodística 2018 representando a México, Presea Trayectoria Humberto Gaona Silva 2023) www.intersip.org



