OPINIÓN
Por Guillermo Robles Ramírez
El respeto que se teje entre carriles

Uno anda por las calles de Saltillo, sobre todo en estos días de vacaciones de los hijos, cuando el calor aprieta y el tráfico se pone más pesado, y se da cuenta de que el respeto no es algo que se decreta nomás porque sí. Se va ganando en el día a día, en los detalles chiquitos que a veces nadie ve.
Un ejemplo de ello es cuando un motociclista se mete entre dos carros detenidos en un semáforo rojo, como si los autos fueran unos conos que puso un entrenador de fútbol para que el jugador los esquive, uno se pregunta dónde quedó esa consideración que tanto se predica.
La verdad yo he visto esto desde hace años. No es de ahora. En Saltillo, como en otras ciudades del norte, el uso de la motocicleta creció mucho después de la pandemia. Más gente la usa para trabajar, para repartir pizzas o comida, para ahorrar en gasolina. Y con eso también llegaron más percances. Las autoridades municipales han insistido en campañas para que los automovilistas respeten a los que van en dos ruedas. Buena intención, sin duda. Porque un motociclista es más vulnerable, eso nadie lo discute. Un golpe que para un carro es solo un susto, para él puede ser fatal.
Pero pues la cosa es que el respeto, como dice la gente de antes, obliga respeto. Y aquí es donde la historia se pone más complicada. Porque mientras pedimos que los carros den espacio y no los cierren, hay muchos motociclistas que no respetan ni lo básico. No usan casco, o lo usan mal. Pasan los semáforos en rojo como si la luz no fuera para ellos. Se meten entre carriles a toda velocidad, sobre todo en los altos, donde los carros están parados esperando. Uno los ve venir de lado, rozando espejos, y se queda pensando que en cualquier momento va a pasar lo peor.
En el cruce uno de esos bulevares largos. Está el semáforo en rojo, los carros en fila, y de repente aparece el repartidor en su moto, se cuela entre dos vehículos como si estuviera en un entrenamiento de agilidad. No mira si hay alguien abriendo puerta, no calcula el espacio, solo pasa. Y cuando uno le toca el claxon con cuidado, a veces ni voltea. O peor, se enoja. Como si el hecho de ir en moto le diera derecho a saltarse las reglas que el resto sí tenemos que cumplir.
No estoy diciendo que todos sean así. Hay motociclistas responsables, sobre todo los que andan en grupos de motoclubes los fines de semana. Esos suelen ser más conscientes, llevan su equipo completo, respetan los carriles y hasta dan el ejemplo. Pero los que más se ven en el día a día, los que trabajan repartiendo, esos son los que generan la percepción de que no todos se dan a respetar.
Las autoridades de Saltillo han seguido con programas como “Rueda por tu Vida”, talleres gratuitos donde enseñan manejo defensivo, el reglamento y hasta revisan cascos y motos. Eso está bien, se nota que no se ha soltado el tema.
En otros municipios de Coahuila también han reforzado operativos para casco y documentos. Y las cifras siguen preocupando; en Saltillo los lesionados en motocicleta subieron bastante en los últimos años, y los motociclistas representan una parte importante de las muertes viales. Eso no se arregla solo pidiendo respeto a los demás. Se arregla cuando todos, carros y motos, entendemos que compartimos el mismo pavimento.
Uno recuerda cuando era más joven y andaba reporteando por estas calles. Siempre había choferes que se quejaban de los motociclistas y motociclistas que se quejaban de los choferes. El problema nunca ha sido de un solo lado. El que va en carro a veces no ve al motociclista en el punto ciego. El que va en moto a veces se cree invencible y se mete donde no debe. Al final los dos terminan en el mismo hospital o peor.
El respeto a los adultos mayores, a los niños, a la familia, a los vecinos… todo eso empieza en cosas tan simples como ceder el paso en la calle. Si el motociclista no respeta al peatón que cruza, si no respeta la luz roja, si no respeta su propio casco, ¿cómo vamos a exigir que el resto lo respete a él? La campaña municipal es un buen paso, pero sin esa base de corresponsabilidad se queda corta. Porque el respeto no se regala, se gana. Y se gana cumpliendo las reglas que están hechas para que todos lleguemos enteros a casa.
En conclusión uno se queda con la misma pregunta de siempre: ¿cuánto más vamos a esperar para entender que en el tráfico, como en la vida, el que no respeta termina perdiendo más de lo que gana?. (Premio Estatal de Periodismo 2011 y 2013, Presea Trayectoria Antonio Estrada Salazar 2018, finalista en Excelencia Periodística 2018 representando a México, Presea Trayectoria Humberto Gaona Silva 2023) www.intersip.org


