OPINIÓN
Por Guillermo Robles Ramírez
Ríos de Coahuila: cuando el alivio se vuelve trampa

Con estos calores que ya están apretando fuerte en el norte, uno ve cómo la gente busca un rato de alivio donde pueda. Muchos terminan yendo a las orillas de algún arroyo o río pensando que nomás van a refrescarse un poco, a pasar el día en familia o con los amigos, como si el agua estuviera de su lado. Y la verdad es que uno entiende esa necesidad, porque en pueblos y ciudades del norte no siempre hay piscinas ni lugares frescos cerca. Pero luego llegan las noticias y uno se pregunta otra vez lo mismo de siempre.
La verdad yo he cubierto estas cosas desde hace décadas. Recuerdo cuando cubría en La Laguna o en el norte, cerca de Piedras Negras, y siempre era lo mismo: el agua que parece tranquila por encima, pero que abajo tiene corrientes que nadie ve, pozos que se abren de repente y todo lo que arrastra como troncos, ramas, basura que la gente misma tira.
En el mar uno puede ir midiendo poco a poco cómo va subiendo la profundidad, el agua suele ser más clara y uno va viendo por dónde pisa. En los ríos y arroyos de Coahuila no. Ahí la sorpresa puede llegar en cualquier momento, aunque estés en la parte que parece más mansa, en las orillas bajas o medianas donde la gente cree que “no pasa nada”.
Protección Civil sigue advirtiendo cada temporada de lluvias, y este año no ha sido la excepción. Recomiendan no meterse, no cruzar, no confiar en que “se ve calmado”. Pero muchos hacen oídos sordos. Y duele porque las consecuencias las pagan familias enteras. He visto cómo un descuido de unos minutos termina enlutando a varias generaciones.
Imagínense nomás, un padre cargando a su hijo chiquito en brazos, pensando que está todo bien, que nomás van a pasearse un rato en esas aguas que se ven sosegadas. Un resbalón, el niño se suelta y la corriente se lo lleva. O un señor que no sabe nadar y decide meterse “nomás un ratito” en el Nazas, porque el día está pesado y el río parece invitando. O un grupo de muchachos, de esos que uno ve en las orillas del Río Escondido cerca de Piedras Negras, metiéndose a divertirse y de pronto uno cae en un hundimiento que no se veía desde la superficie. Cuatro metros o más de profundidad, y ya no sale. Casos así se siguen dando, fíjense ustedes. No son cosas del pasado lejano. Siguen pasando porque la confianza excesiva gana la batalla contra el sentido común.
Y es que los ríos y arroyos de por acá traen sus trampas propias. La fuerza de la corriente, aunque no se note mucho en la superficie, puede ser brutal. Arrastra todo lo que encuentra a su paso. Y en las partes que la gente considera seguras, es decir, esas orillas donde uno se sienta a platicar o a mojarse los pies, es precisamente donde más tragedias ocurren. Porque ahí están los pozos ocultos, los cambios bruscos de profundidad, el arrastre que nadie calcula bien. Un niño o un joven que no sabe nadar fuerte tiene muy pocas oportunidades cuando la corriente lo jala.
Pues la cosa es que como buenos norteños, y como mexicanos en general, a veces somos demasiado cabezones. Creemos que “a mí no me va a pasar”, que “el agua está tranquila”, que “ya lo he hecho otras veces”. O simplemente no queremos hacer caso a las recomendaciones porque nos da flojera o porque pensamos que exageran. Y duele más cuando las víctimas son niños o jóvenes que todavía tenían todo por delante. Cualquier muerte duele, pero esas duelen de otra manera.
Yo platicaba hace poco con un compañero que cubre el norte y me contaba de las alertas que siguen saliendo para el Río Bravo y el Río Escondido. Autoridades vigilando, pidiendo que no se acerquen, que no se metan. Pero la tentación del agua fresca en días de calor es fuerte, sobre todo en zonas donde no hay muchas opciones de esparcimiento. Y ahí está el problema: la desatención a lo que ya se sabe que es peligroso.
No se trata de regañar por regañar. Se trata de entender que el agua de los ríos y arroyos no perdona errores. No avisa cuando va a cambiar de humor. No distingue entre el que sabe nadar y el que no. Y cuando se lleva a alguien, deja un vacío que nadie llena después.
A lo mejor ya es hora de que hablemos más en serio de esto en las casas, en las escuelas, en las pláticas de todos los días. No solo cuando pasa la desgracia. Enseñarles a los niños desde chiquitos a respetar el agua, a no confiar en lo que parece manso. Y a los adultos también: a veces el “no pasa nada” es la frase más peligrosa que podemos decirnos.
Porque al final, lo que está en juego no es solo un rato de diversión. Son vidas. Vidas que se van en un instante por esa confianza de más, por esa terquedad que a veces nos caracteriza. Y mientras sigamos siendo cabezones ante el agua, seguiremos llorando las mismas pérdidas, una y otra vez. (Premio Estatal de Periodismo 2011 y 2013, Presea Trayectoria Antonio Estrada Salazar 2018, finalista en Excelencia Periodística 2018 representando a México, Presea Trayectoria Humberto Gaona Silva 2023) www.intersip.org



