OPINIÓN
Por Guillermo Robles Ramírez
Bardas que no piden permiso: el grafiti que nos retrata

Tanto manejando, así como caminando e incluso viajando en el transporte público de la ciudad tanto en el centro, así como en la periferia de Saltillo o se mete por alguna colonia del oriente o del sur, las paredes cuentan historias que no siempre queremos leer.
Hay bardas que amanecen con colores vivos, con figuras que parecen hechas con cariño y permiso, y que alegran la vista de quien pasa. Y hay otras que aparecen rayadas de la noche a la mañana, con letras grandes, firmas que nadie entiende, o mensajes que parecen solo querer decir “aquí estuve”. Uno se queda mirando y se pregunta qué pasa por la cabeza de quien pinta así, sin pedirle nada a nadie.
Porque el grafiti, o como le digan, sigue siendo esa forma que tienen muchos jóvenes de expresarse. Algunos lo usan para marcar territorio, para señalar algo que solo ellos entienden, o simplemente para que se note que pasaron por ahí.
Otros lo ven como un arte, una manera de dejar huella con ingenio y color. El problema es que los que lo hacen sin permiso tienen toda la ciudad como lienzo libre. No necesitan pedir autorización, no tienen que esperar un espacio. Cualquier barda, cualquier puente, cualquier pared de una casa sirve. Y eso hace la diferencia.
He visto casos donde suben a lugares imposibles, a espectaculares altos, a edificios que parecen inalcanzables, solo para dejar su marca. Es un acto de valentía, sí, pero también de atrevimiento que pone en riesgo su propia seguridad. Y lo peor es cuando se meten con lo que no deben: monumentos de nuestros héroes, estatuas de gente que aportó a la ciudad, o edificios que forman parte de la historia de Saltillo. Ahí ya no es solo pintar. Es faltar el respeto a lo que todos compartimos.
La ley lo tiene claro desde hace tiempo: pintar sin permiso es daño a propiedad ajena. Las penas van desde multas y trabajo comunitario hasta meses o años de cárcel, dependiendo de si es una casa particular, un negocio o, peor aún, un inmueble histórico o cultural. Si el daño no se puede reparar, la condena se pone más pesada.
En Coahuila ha habido pláticas en el Congreso para endurecer esto cuando se trata de infraestructura municipal, porque el vandalismo sigue siendo un dolor de cabeza constante. Pero la realidad es que las denuncias casi no llegan a la Procuraduría. La gente prefiere callar o limpiar ella misma.
¿Y saben por qué? Porque denunciar en este país muchas veces se siente como perder el tiempo. Trámites largos, resultados que casi nunca se ven, y el miedo de que el que pintó se entere y regrese a hacer algo peor. En las colonias uno escucha que “mejor la vuelvo a pintar yo, total, si denuncio quién sabe qué pase”. O que “esos chavos no tienen respeto y uno termina siendo víctima”.
Por eso muchas bardas rayadas se quedan así hasta que el municipio manda cuadrillas a limpiar, como las que han estado trabajando en el centro y en varias colonias estos últimos meses para recuperar la imagen de la ciudad.
La verdad yo he visto esto desde hace décadas. En Torreón, en Saltillo, en otras partes del norte. Un día limpian una pared y a la semana siguiente ya está marcada otra vez. No es que todos los que pintan sean pandilleros duros, pero sí hay grupos que usan el grafiti para hacerse notar, y eso genera temor en la gente común. Por eso muchos cierran los ojos. Prefieren no meterse en problemas.
Y, sin embargo, hay otra cara. En Saltillo el municipio ha impulsado programas como La Ruta Más Creativa, donde dan espacios autorizados a artistas locales para que pinten murales en plazas y colonias. Hay convocatorias para arte urbano que buscan canalizar esa creatividad sin que termine en daño. Murales conmemorativos, como el que se hizo hace poco por los años de la ciudad, demuestran que cuando hay permiso y apoyo, el resultado puede ser bonito y hasta orgullo para todos. La diferencia está en eso: en pedir permiso, en respetar lo ajeno, en entender que no toda pared es un pizarrón libre.
Porque al final este asunto no es solo de jóvenes que buscan llamar la atención. Es un reflejo de cómo estamos como sociedad. Cuando un chavo no tiene espacios donde expresarse, cuando en casa o en la escuela no le enseñan a respetar lo público, termina usando la calle como su cuaderno. Y cuando la gente no denuncia porque desconfía de la justicia o tiene miedo, el problema se vuelve más grande. Se normaliza.
Y los que llegan de fuera, los turistas que cada vez son más en México y que también pasan por Saltillo buscando algo bonito, se llevan la impresión de que así es todo. Que las bardas rayadas son parte de nuestra cultura. Y eso duele, porque no lo es.
Uno que ha cubierto estas cosas por años sabe que no se resuelve solo con más limpieza ni con más multas. Hace falta que desde la casa se hable de respeto a lo que es de todos. Hace falta que haya más paredes autorizadas donde los jóvenes con talento puedan dejar su huella sin dañar. Y hace falta que cuando alguien raye una casa o un monumento, la gente sienta que denunciar vale la pena, que no es perder el tiempo.
Al cabo, las paredes de Saltillo son como la cara de la ciudad. Cuando las rayan sin permiso, es como si alguien le estuviera quitando dignidad a lo que todos compartimos. Y cuando les damos espacios legales y respetamos lo que ya existe, demostramos que podemos ser creativos sin lastimar lo que es de todos. La pregunta que queda es sencilla: ¿qué tipo de ciudad queremos que vean los que llegan, y qué tipo de ciudad queremos dejarles a los que se quedan? (Premio Estatal de Periodismo 2011 y 2013, Presea Trayectoria Antonio Estrada Salazar 2018, finalista en Excelencia Periodística 2018 representando a México, Presea Trayectoria Humberto Gaona Silva 2023) www.intersip.org




