OPINIÓN
Por Guillermo Robles Ramírez
Los gallos cantan y los directores duermen

En mis andares como reportero hay veces que siendo inevitable comparar la manera de trabajar de cada alcalde y evidentemente en mi trayectoria como periodista me pongo a pensar en lo que ha pasado con los ayuntamientos desde aquellos años en que todo parecía más sencillo. La gente creció, las colonias se multiplicaron, las demandas ya no son las mismas y, sin embargo, hay algo que sigue igual: el que realmente quiere servir tiene que levantarse cuando todavía está oscuro afuera.
Por allá del 2010 se hablaba con respeto de algunos ediles jóvenes que no esperaban a que la ciudad despertara del todo. En Saltillo, Jericó Abramo Masso ya andaba en las calles. En Nueva Rosita, Antonio Nerio Maltos salía a revisar colonias antes de que la gente terminara de desayunar. En San Pedro de las Colonias, Jorge Abdala Serna hacía lo propio. Y en Acuña, Alberto Aguirre Villarreal cruzaba barrios apenas cantaban los gallos. No era pose. Era la manera de enterarse de verdad qué pasaba en las cuadras, qué baches urgían, qué vecinos ya no aguantaban más la falta de agua o de alumbrado.
La mera verdad es que ese ritmo no era fácil de seguir para cualquiera. Coahuila ya tenía sus problemas de siempre: el calor que aprieta desde temprano en la carbonífera, las distancias en la frontera, el tráfico que empieza a formarse en Saltillo mucho antes de las ocho. Quien empezaba tarde perdía el día.
Recuerdo que se platicó bastante de lo que pasó con Toño Nerio Maltos en San Juan de Sabinas. Llegó una mañana como a las siete y media al edificio de la presidencia y se encontró con que los trabajadores de base ya estaban en sus lugares. Cumplían. Pero los directores de las áreas que visitó como Ecología, Desarrollo Social, Seguridad, Tránsito, Servicios Primarios, con la sorpresa que no aparecían por ningún lado.
Estaban en sus casas, durmiendo tranquilos. Cuando por fin llegaron, una hora o más tarde, algunos contestaban el teléfono con la misma excusa de siempre: “Andaba con mi presi” o “Me mandó a una comisión”. Toño se enojó de verdad. Dijo que él seguiría checando personalmente quién llegaba y quién no, porque no iba a permitir que la flojera de los de arriba se convirtiera en ejemplo para los de abajo.
Ya podrán imaginarse lo que significa eso. El alcalde, que ya cargaba con todo el peso de la elección y de las promesas, tenía que hacer también el trabajo de supervisor de horario de sus propios directores. Como si no tuviera suficiente con recorrer colonias, atender quejas, ordenar obras y resolver lo que se le presentara en el camino.
Ahora, en este 2026, con las administraciones que arrancaron en enero del año pasado, uno se pregunta si esa costumbre de madrugar por la gente sigue viva o si se fue diluyendo entre más trámites, más comisiones y más sillas cómodas.
En Saltillo, Javier Díaz se le ve recorriendo colonias, supervisando pavimentaciones, yendo a donde llovió fuerte o donde hay obras en marcha. En Acuña, Emilio de Hoyos anda en operativos, entregando obras, atendiendo lo que llega a la frontera. En San Pedro de las Colonias, Brenda Güereca está al frente y se le nota activa. En Nueva Rosita, Óscar Ríos Ramírez sigue la misma línea de estar cerca de la gente. No siempre se publica a qué hora exacta salieron de su casa, pero se nota en las acciones quiénes siguen creyendo que el cargo se ejerce en la calle y no solo detrás del escritorio.
Y sin embargo… la cosa es que el problema de los mandos medios que llegan tarde parece no haber desaparecido del todo. Sigue habiendo quienes piensan que el título de director les da derecho a llegar cuando se les antoje, a poner excusas cuando alguien los busca temprano, a dejar que los empleados de base carguen con el ritmo mientras ellos “coordinan” desde la distancia.
Y eso, la verdad, es lo que más cansa. Porque el que está abajo ve que el de arriba no da el ejemplo y, entonces, ¿para qué esforzarse más?. El servicio se vuelve lento, las quejas se acumulan, las obras se retrasan y la gente termina pagando la cuenta con su tiempo y su paciencia.
He visto eso en diferentes épocas y en varios municipios del norte. En Torreón, en Monclova, en Piedras Negras, en Ramos Arizpe. El alcalde que madruga logra que las cuadrillas salgan más temprano, que los trámites avancen, que la gente sienta que alguien está pendiente. El que llega a las nueve o las diez, por más buenas intenciones que tenga, ya perdió la mitad de la mañana. Y si encima sus directores hacen lo mismo o peor, el ayuntamiento entero parece que camina con el freno puesto.
No es cuestión de edad ni de partido. Hay alcaldes y alcaldesas de todas las generaciones que entienden que el servicio público no es un horario de oficina normal. Es estar donde la gente necesita que estés, aunque llueva, aunque haga calor, aunque sea domingo. Pero también hay quienes llegan al cargo y se acomodan en la silla como si ya hubieran cumplido. Y ahí empiezan las excusas, las comisiones o “diligencias”, inventadas, los “ahora vengo” que nunca terminan de llegar.
En lo que va de este año he platicado con gente que trabaja en diferentes presidencias municipales. Algunos cuentan con orgullo que su edil sigue saliendo temprano, que revisa personalmente, que pregunta por los detalles. Otros bajan la voz y cuentan lo de siempre: que los directores llegan cuando quieren, que dan órdenes por teléfono desde su casa, que justifican su ausencia con el nombre del alcalde. Y uno se queda pensando lo mismo que se pensaba hace quince años: si el de arriba no pone el ejemplo, ¿cómo le exiges al de abajo?
Coahuila ya no es la misma de 2010. Las ciudades crecieron, las necesidades se complicaron, la gente ya no espera tanto. Pero el principio sigue siendo el mismo. El que cobra por servir tiene que servir de verdad, y eso empieza por estar presente cuando la gente necesita que estés. No cuando te dé la gana. No cuando termines de desayunar. No cuando se te antoje “coordinar” desde lejos.
Y todo se resume con la misma sensación de siempre: el verdadero liderazgo se mide en las horas que nadie ve. En el momento en que el alcalde decide salir, aunque todavía esté oscuro, y en el momento en que el director decide quedarse en la cama porque “total, el jefe ya anduvo por allá”. Esa diferencia la nota la gente. La nota todos los días. Y esa diferencia, al cabo de tres años, es la que decide si un ayuntamiento dejó huella o solo pasó el tiempo.
Los coahuilenses merecemos ediles y las ediles, que sigan madrugando por convicción, no por foto. Y merecemos directores que entiendan que el ejemplo se da desde arriba o no se da. Porque si el que manda llega tarde, todo lo demás llega tarde también. Y ya llevamos demasiados años esperando que eso cambie de una vez por todas. (Premio Estatal de Periodismo 2011 y 2013, Presea Trayectoria Antonio Estrada Salazar 2018, finalista en Excelencia Periodística 2018 representando a México, Presea Trayectoria Humberto Gaona Silva 2023) www.intersip.org




