OPINIÓN
Por Guillermo Robles Ramírez
Agosto en Saltillo: fe, pozole y tamborazos que no cesan

Fíjense ustedes, lector, que apenas faltan dos días. El próximo jueves 6 de agosto de 2026 el centro histórico de Saltillo se va a volver otra vez un hervidero. Calles cerradas, olores a pozole y a pólvora, y esa gente que llega desde temprano con cara de quien viene a cumplir algo que trae guardado desde hace meses.
Hay ciudades que uno marca por las fábricas, otras por las fachadas coloniales o por el alumbrado de otra época. Saltillo se marca por otra cosa. Desde fuera, sobre todo los que vienen de Monterrey o del calor de la Laguna, nos ven como gente de golpes de pecho, de los que se persignan al pasar frente a cualquier templo.
¡Y ande… no!, no es que sea puro cuento. Aquí sobran iglesias, capillas y templos, y la diócesis que se separó de Linares hace más de un siglo sigue viva. Pero lo que realmente define a esta ciudad no es la cantidad de torres, sino las fiestas que se arman alrededor de cada santo. Y de todas, ninguna como la del Santo Cristo de la Capilla.
La leyenda cuenta que un 6 de agosto de 1608 entró sola una mula por las calles de la Villa de Santiago de Saltillo. Arrastraba una caja de madera vieja y se detuvo justo en la Plaza de Armas. La abrieron los curiosos y ahí estaba la imagen.
Señal del cielo, dijeron, y se quedó. Han pasado ya cuatrocientos dieciocho años y la cosa no se apaga. Yo he visto, desde que andaba de reportero de banqueta, cómo llegan familias enteras desde Monclova, desde Arteaga, desde Ramos Arizpe y hasta desde Piedras Negras, con esa mezcla de fe y de ganas de respirar un poco fuera de su pueblo.
La verdad, yo he estado ahí cuando todavía hace fresco, antes de que el sol caliente de verdad. Los matachines con sus trajes, el violín que no falta nunca, los tamborazos que te sacuden el pecho. Hay una misa especial para ellos y es de las que más se esperan.
Dentro de la Catedral de Santiago se ven llantos, gente que entra de rodillas desde la puerta hasta el altar, otros con ramos de flores o con el algodón para tocar la imagen. Sabe a qué me refiero… esa emoción que no se puede fingir. Algunos cumplen promesas de años, otros apenas empiezan a pedir el milagrito.
Y afuera las calles se llenan de puestos. Pozole, tamales, enchiladas rojas, gorditas, mole, lo que usted se imagine. Y entre medio los artículos religiosos, las estampitas, las medallas. Es un paseo completo, de esos que uno hace con la familia o hasta con la suegra, y al final uno se va con el estómago lleno y el corazón un poco más quieto.
Pues la cosa es que esta fiesta no es solo de Saltillo. Se vuelve de todo Coahuila. Gente que en su casa es calladita, aquí se suelta un poco. Y no es mito lo de que a veces los más quietos se “deschongan” cuando cruzan a Monterrey; aquí, en cambio, el demonio se queda afuera y entra la fe. Yo lo he visto desde hace décadas, cuando todavía se llegaba a las fuentes oficiales antes del amanecer. La ciudad se abre, se mezcla el comerciante con el peregrino, el turista con el que viene a pagar una manda.
Y de repente uno entiende por qué le siguen llamando a Saltillo la Atenas de México: no solo por la cultura, sino porque aquí la tradición sigue viva, sin pose, sin que nadie la obligue.
Imagínense ustedes caminando por Allende o por Hidalgo el próximo jueves, con el olor a pólvora de la noche y el ruido de los matachines todavía en la cabeza. Esa pasión no muere. Se renueva cada agosto, igual que la mula que un día se detuvo y nunca se fue. (Premio Estatal de Periodismo 2011 y 2013, Presea Trayectoria Antonio Estrada Salazar 2018, finalista en Excelencia Periodística 2018 representando a México, Presea Trayectoria Humberto Gaona Silva 2023) www.intersip.org



