OPINIÓN
Por Guillermo Robles Ramírez
Veinte años después, el carbón devuelve sus hijos

Fíjense ustedes cómo el tiempo, en la Carbonífera, se mide distinto. No es el de los relojes de Saltillo ni el de las oficinas de Torreón. Aquí corre más lento, o más pesado, como el polvo que se pega a la ropa después de un turno. Yo lo he visto desde que andaba de periodista joven acompañado de mi papá el periodista Carlos Robles Nava, por Monclova y Múzquiz, y todavía lo siento cuando paso por San Juan de Sabinas. Esta semana, mientras tomaba un café en una cafeteria junto con otros exfuncionarios, me llegó la noticia de que ya suman treinta y seis los mineros de Pasta de Conchos que han salido de esa mina 8. Treinta y uno identificados, veintiocho entregados a sus familias. Y uno se queda callado un rato, porque veinte años no son cualquier cosa.
La madrugada del 19 de febrero de 2006 explotó el gas grisú. Sesenta y cinco hombres quedaron abajo. Dos cuerpos se sacaron en los primeros días. Los otros sesenta y tres se quedaron. Durante años se habló de sellar, de que era peligroso seguir, de que ya no se podía.
En 2010, cuando apenas llevábamos cuatro años, muchos pensábamos y lo escribió mi papá en ese entonces, que era momento de dejarlos descansar, de no alargar más el sufrimiento de las viudas y los hijos. Había indemnizaciones, apoyos del gobierno y de la empresa, becas, despensas. Se decía que nunca antes familias de mineros caídos habían recibido tanto. También corrían rumores algunos feos, otros nacidos de la envidia; sobre camionetas nuevas o de cómo se gastaba el dinero. La verdad es que el dolor no se compra ni se vende, y cada deudo tiene su manera de sobrellevarlo.
Pasaron los años. Gobiernos cambiaron. La mina quedó cerrada. Las familias no se cansaron. Tocaron puertas, viajaron, insistieron. Hasta que en el sexenio pasado se reabrió la posibilidad real de entrar otra vez. Empezaron los trabajos técnicos, las lumbreras, la interconexión. El primer cuerpo digno se entregó en julio de 2024. Luego vinieron más. Este 2026, con el avance de las galerías al setenta, ochenta y hasta ochenta y cinco por ciento en algunas unidades, la cifra llegó a treinta y seis. Ya no es solo promesa. Es realidad que se toca con las manos.
Y aquí entra algo que uno nota desde Saltillo. El gobernador Manolo Jiménez, desde que asumió en diciembre de 2023, ha acompañado. No es el mismo trato que se vio en administraciones anteriores, cuando el tema se diluía entre trámites y olvidos. Ahora hay coordinación permanente con la Federación. Él ha estado en los encuentros con las familias, ha reiterado que Coahuila trabaja en equipo para que encuentren paz, ha impulsado apoyos locales de empleo y desarrollo en la región mientras el rescate sigue su curso federal. La diferencia se siente: antes era distancia; ahora es presencia y seguimiento conjunto. No resuelve todo es decir, el grueso del trabajo lo lleva la Secretaría del Trabajo, la CFE y la Fiscalía, pero ya no hay silencio oficial del lado estatal.
Imagínense nomás lo que significa para una viuda de Nueva Rosita o de Sabinas recibir, después de dos décadas, los restos de su marido. Algunos salieron casi completos, con ropa, con anillos. Eso desmiente viejas versiones de que todo se había quemado. Y aunque todavía faltan, la esperanza ya no es ciega. Hay avances medibles, hay entregas, hay acompañamiento del IMSS y de peritos. Las familias siguen siendo parte del proceso. Eso cambia el aire.
La Carbonífera ha vivido muchas explosiones. Cada una dejó viudas, huérfanos, pobreza. Pasta de Conchos fue la más ruidosa, la que más ayuda recibió y la que más tiempo tardó en cerrar su herida. Hoy, vemos que la lucha no se distorsionó del todo. Se alargó, sí, y hubo versiones de todo color. Pero el resultado que se va construyendo es de dignidad. Los mineros caídos en su trabajo están volviendo, uno a uno, a descansar donde sus familias elijan.
Uno se pregunta, mientras escribe estas líneas, qué queda después de tanto. Queda la memoria de que el carbón no perdona, pero también la lección de que la persistencia de las mujeres y los hijos de aquellos hombres logró lo que se decía imposible. Que el Estado, tarde pero al fin, asumió la responsabilidad. Y que en Coahuila, con este gobierno actual, al menos hay voluntad de no dejar sola a la región. Ojalá que cuando salgan los últimos, podamos decir con verdad que ya descansan todos. Mientras tanto, cada entrega es un paso hacia la paz que tanto se merecen. (Premio Estatal de Periodismo 2011 y 2013, Presea Trayectoria Antonio Estrada Salazar 2018, finalista en Excelencia Periodística 2018 representando a México, Presea Trayectoria Humberto Gaona Silva 2023) www.intersip.org


