OPINIÓN
Por Guillermo Robles Ramírez
El 23 que duele en silencio

El pasado viernes 22 de mayo de 2026, uno salía a la calle en Torreón y veía chamacos de secundaria con la mochila al hombro, pero sin el uniforme de siempre. Camisetas de colores, pants flojos, tenis que no combinaban con nada. Y pues pensé, ¿se echaron la pinta o qué?. Y me acordé de que nada de eso. Era el Día del Estudiante.
Y es que, en el norte, desde las aulas calientes de la Laguna hasta las mañanas frescas de Saltillo o las sierras de Arteaga, pasó igualito. En Monclova, en Piedras Negras, en Ramos Arizpe… los chavos se presentaron vestidos de tema libre, como si fuera un carnaval chiquito. Algunas escuelas armaron un rally de futbol o un concurso de baile. Otras nomás les dieron el día para que descansaran del saco y la corbata. Pero pregúntele a la mayoría por qué se celebra el 23 de mayo y le contestan con una sonrisa: “pos porque sí, profe, porque nos toca divertirnos”.
La verdad, yo he visto esto mismo durante muchos años y cada vez como el dicho salir de Guatemala y meterse en Guatepeor. Desde que empecé a cubrir noticias en las plazas polvorientas de Torreón, donde el calor pega como martillo. Y cada vez que llega mayo me pregunto lo mismo: ¿de veras estamos honrando a alguien o nomás nos estamos haciendo pendejos?
Porque el origen de ese día, es decir, el Día del Estudiante en México, no es para echarse un desmadre. Allá en 1929, un puñado de estudiantes se plantó en la Ciudad de México para exigir autonomía universitaria. Querían que la UNAM dejara de ser juguete del gobierno. Hubo huelgas, protestas, golpes. La Policía Federal de Caminos, que entonces era la que mandaba, entró a la Escuela de Derecho el 23 de mayo y la represión fue tan fea que dejó marca.
Heridos, sangre, jóvenes apaleados por atreverse a alzar la voz. Tan fuerte fue el golpe que, para no olvidar, se decidió que cada 23 de mayo se recordaría a esos muchachos. De ahí salió la Plaza 23 de Mayo en el Centro Histórico, la que todos conocemos como Santo Domingo. Ahí está la placa, discreta, como pidiendo perdón.
Y saben qué cosa, aquí en el norte, más del ochenta por ciento de los chamacos de secundaria y prepa ni siquiera saben esa historia. La neta. En Coahuila, igual que en el resto del país, las escuelas siguen haciendo lo de siempre. Un rally de resistencia entre compañeros, un día sin uniforme para “hacerse notar”, actividades que terminan en selfies y memes. Pero el verdadero significado… ese se quedó guardado en los libros viejos.
¿Y saben qué? Eso duele. Porque mientras nosotros celebramos con risas flojas, los países que sí le echan ganas a la educación nos pasan por encima como tren de carga.
Miren las cifras, que no mienten. Según los últimos resultados de PISA 2022, los que todavía traemos recientes porque la nueva edición sale hasta finales de este 2026, México anda en el lugar 57 de 81 países evaluados. En la OCDE, entre los 37 miembros, estamos en el 35. Casi al fondo. Matemáticas: 395 puntos contra 472 del promedio. Lectura: 415 contra 476. Ciencias: 410 contra 485. Somos de los tres peores en matemáticas y lectura, y el último en ciencias.
La brecha entre una secundaria rica de Saltillo y una escuela rural de Acuña sigue igual de ancha que hace quince años. Los chamacos de comunidades empobrecidas siguen llegando con hambre al salón, mientras en las privadas les dan tablets y laboratorios que parecen de película.
¿Y qué hemos hecho? Ampliaron el calendario escolar hace unos años, sí. Pero para ser sincero es que poco ha cambiado el aprovechamiento. Sigue habiendo movimientos estudiantiles reprimidos, recuerde el 2 de octubre del 68 en Tlatelolco, esa matanza que todavía nos quema el alma.
Y el gobierno, sea del color que sea, siempre termina usando la fuerza cuando los jóvenes se organizan de verdad. Antes era la Policía Federal de Caminos; ahora es la Guardia Nacional o lo que toque. Pero el fondo es el mismo: miedo a que los estudiantes piensen por sí solos.
Yo recuerdo una vez, allá por el 2012, cubriendo un mitin en la plaza principal de Comarca Lagunera. Un grupo de prepa se plantó pidiendo mejores laboratorios. Eran apenas treinta chamacos. Llegó la patrulla, los dispersaron a empujones. Uno de ellos, un morrillo de dieciséis años me dijo entre lágrimas: “Oiga, ¿por qué no nos dejan soñar?”. Esa frase se me quedó grabada. Porque el Día del Estudiante debería ser para recordar eso: que soñar cuesta sangre.
Y aquí estamos, en 2026, con los chavos de Torreón y Monclova vistiéndose de “tema libre” y pensando que se ganaron el día porque “la escuela lo celebra”. Sin causa. Sin memoria. ¿Es digno de celebración un país que sigue en el sótano educativo?, ¿Será nomás ese conformismo puro?
Mientras Singapur, Japón o Estonia forman ingenieros que cambian el mundo, nosotros seguimos discutiendo si les quitamos o no el uniforme. La desigualdad social se come a los pobres dos veces: primero en la mesa y luego en el salón. Y los que sí pueden, los de las escuelas privadas, terminan yéndose a estudiar afuera porque aquí no les alcanza.
La verdad, yo no estoy en contra de que los chamacos se diviertan un rato. Dios sabe que la vida ya les pone suficientes piedras. Pero ¿no sería mejor que ese día sirviera para platicarles la historia completa?; que sepan que la autonomía de la UNAM se ganó con golpes y lágrimas. Que sepan que el 68 dejó más de trescientos muertos por atreverse a pedir justicia. Que sepan que México lleva décadas prometiendo educación de calidad y entregando migajas.
¿Cuántos movimientos más necesitan los gobernantes para entender que urge cambiar las políticas de verdad? No más parches. No más rallys vacíos. Urge inversión real, maestros bien pagados, infraestructura que no se caiga con el primer norte. Porque mientras sigamos celebrando sin recordar, el 23 de mayo va a seguir siendo una fiesta bonita… pero hueca. Como una torta sin relleno.
Y usted, lector, que me lee desde alguna mesa de café en Piedras Negras o bajo los árboles de la Alameda de Saltillo, ¿qué opina? ¿Seguimos fingiendo que todo está bien o ya es hora de que los estudiantes de hoy tomen la batuta que dejaron aquellos jóvenes de 1929?
La verdad, yo ya estoy viejo para ver tantos 23 de mayo pasar sin que cambie nada. Pero todavía tengo esperanza. Porque los chamacos del norte son, ¡echados pa´delante´!. Tienen el coraje de la Laguna y el temple de la sierra de Arteaga. Nomás falta que alguien les cuente la historia completa. Y que dejen de celebrar… para empezar a recordar. (Premio Estatal de Periodismo 2011 y 2013, Presea Trayectoria Antonio Estrada Salazar 2018, finalista en Excelencia Periodística 2018 representando a México, Presea Trayectoria Humberto Gaona Silva 2023) www.intersip.org


